Los líderes de Silicon Valley y su transformación: de visionarios a ejecutivos previsibles


Cuando Joe Barton, un congresista republicano de Texas, saludó a Jack Dorsey en una audiencia del Congreso la semana pasada, parecía desconcertado.

“No sé como deba verse un director ejecutivo de Twitter”, comentó Barton. “Pero tú no pareces serlo”.

El congresista tenía razón. Dorsey —que llevaba un aro en la nariz, una camisa con el cuello hacia arriba y una barba larga y desaliñada— parecía más una versión hípster de un oficial de la guerra civil que un icono de la tecnología. Sin embargo, su comportamiento ante los legisladores escépticos fue más sorprendente que su apariencia.

Ante las preguntas difíciles, Dorsey no montó una defensa agresiva de su empresa y su tecnología, como lo habría hecho una generación anterior de líderes tecnológicos. En cambio aceptó errores, objetó, y generalmente participó en un coloquio matizado y al parecer sincero acerca de las dificultades de gestionar la tecnología en un mundo complejo. Incluso en respuesta al comentario de Barton acerca de su apariencia, Dorsey se mostró preocupado. “Mi madre está de acuerdo con usted”, respondió.

El testimonio de Dorsey planteó preguntas acerca de lo que esperamos hoy de los líderes tecnológicos y con cuánta fuerza se han invertido nuestras expectativas en los últimos años. A partir de los ochenta surgió un arquetipo común de liderazgo en la industria de la tecnología: Steve Jobs y Bill Gates. A veces de manera consciente y a menudo deliberadamente, una generación de líderes tecnológicos intentó imitar el carisma de los fundadores de Apple y de Microsoft, sus excentricidades, su estilo y sobre todo su seguridad incontenible y determinada, por no decir su arrogancia.

Dorsey —quien como Jobs regresó a una empresa que había ayudado a fundar con el fin de salvarla— ha generado comparaciones con Jobs desde hace mucho tiempo. Sin embargo, el testimonio ante el Congreso marcó un cambio retórico sorprendente. En vez del Jobs con una polera negra de cuello de tortuga, Dorsey sonaba más como Tim Cook, el sobrio gestor de operaciones que lo remplazó (y que develó nuevos iPhones por enésima vez el 12 de septiembre).

Dorsey sonaba menos como un visionario citable que puede ver más allá del horizonte y más como lo que en realidad es y debe ser: considerado, accesible, transparente y, a pesar de la barba y el aro en la nariz, un poco aburrido; como el director de una empresa seria cuyas decisiones tienen consecuencias que cambian al mundo.

Cuando se trata de los directores ejecutivos de compañías tecnológicas, ser aburrido es la nueva tendencia. Bajo la lupa del escrutinio global, la filosofía atrevida de ganar a toda costa que definió gran parte de la industria tecnológica en el último par de décadas ha estado sufriendo una metamorfosis.

Mark Zuckerberg, el director ejecutivo de Facebook que alguna vez fue el modelo de irrupción y velocidad, ahora se sienta con reporteros de revistas para tener disquisiciones largas y matizadas sobre sus fracasos. El año pasado, Uber remplazó a Travis Kalanick, su polémico fundador, por Dara Khosrowshahi, de quien casi nadie había oído hablar fuera de la industria de la tecnología, un hecho que la empresa consideró un beneficio, no un riesgo.

Google alguna vez aprovechó las cualidades ñoñas de sus fundadores, pero ahora los líderes de la empresa son casi como códigos no identificables. Larry Page, que dirige Alphabet, la empresa matriz de Google, se ha convertido en un ermitaño, e incluso Sundar Pichai, el dolorosamente agradable director de Google, rechazó asistir a las audiencias de la semana pasada.

Jeff Bezos, el director de Amazon y el hombre más rico del mundo, ha estado experimentando con un sentido de la moda más atrevido, pero su estilo de liderazgo siempre ha estado marcado por la paciencia y la expansión deliberada (justo el tipo de sensibilidad aburrida de director que ahora está de moda).

Ah, y casi se me olvida Satya Nadella, director ejecutivo de Microsoft. En mi defensa, a todos se les olvida Nadella.

No es un misterio por qué los líderes se están volviendo introspectivos. “La tecnología ahora es una industria enorme y dominante”, comentó Joshua Reeves, el fundador y director ejecutivo orgullosamente aburrido de Gusto, una empresa emergente que crea software de recursos humanos. “La mentalidad de depender del instinto en vez de la lógica simplemente ya no es viable cuando tienes una capitalización de mercado de un billón de dólares o si tienes más influencia que muchos de los gobiernos en todo el mundo”.

Reeves señaló que no solo son las grandes compañías cuyos directores ejecutivos se están volviendo insulsos. Algunas de las empresas emergentes más exitosas —desde Lyft hasta Airbnb, Stripe, Slack o Pinterest— son dirigidas por gente discreta y poco idealista que se propone mostrar una aptitud funcional por encima de la imagen del comerciante de moda. (Lo que no ha cambiado es el género; aburridos o no, casi todos los dirigentes de empresas tecnológicas aún son hombres).

“Una empresa emergente que tiene cinco millones de personas que la usan representa algo pequeño para Silicon Valley, pero es una cantidad enorme, así que incluso ellos tienen una gran responsabilidad en el mundo”, comentó Reeves.

La prensa que da cobertura al sector también se ha vuelto más severa. Alguna vez, tan solo las novedades eran objeto de cobertura. Pero en la época de las redes sociales, incluso el error más pequeño puede ser desastroso. Se ha vuelto crucial tener un líder que tenga tacto.

Hay una excepción evidente en mi argumento sobre la tendencia de líderes tecnológicos aburridos: Elon Musk, el director ejecutivo de Tesla y SpaceX, cuya serie de tuits mal planeados, burlas y otros escándalos recientes han sido de todo menos monótonos.

Las excentricidades más recientes de Musk fueron elocuentes. En un correo electrónico que creyó extraoficial, Musk le dijo a BuzzFeed News que uno de los buzos que habían rescatado a los pequeños atrapados en una cueva tailandesa era un “violador de niños”. (El buzo había cuestionado el plan improvisado de Musk para liberar a los niños, y Musk ya se había disculpado antes por decir que el buzo era pedófilo).

La semana pasada, durante una entrevista con el conductor de podcasts Joe Rogan, Musk fumó marihuana y habló en detalle acerca de lo que considera las posibilidades apocalípticas de la inteligencia artificial. La entrevista —combinada con nuevas noticias sobre disidencias entre sus ejecutivos— ayudó a hundir aún más las acciones de Tesla.

El extraño comportamiento de Musk marca las tensiones en juego ahora que el estilo discreto domina el sector tecnológico. Hay una razón por la que las grandes personalidades jobsianas alguna vez fueron tan valoradas. Las empresas tecnológicas son saltos de fe. En sus primeros días están siempre al borde del olvido, y a menudo es mediante la fuerza de la personalidad de un fundador que los inversionistas, empleados y los medios ponen atención en las compañías nuevas. Los fundadores más apreciados poseen una inteligencia asombrosa para venderle al mundo ideas que resultan inútiles, innecesarias o imposibles antes de que nos demos cuenta de que no podemos vivir sin ellas.

A pesar de todos sus defectos, Musk ha tenido desde hace mucho ese tipo de genio. En 2006 publicó un “plan maestro” para Tesla que parece una aventura digna del Coyote y el Correcaminos: “1) Fabricar un auto deportivo. 2) Utilizar ese dinero para crear un auto asequible. 3) Usar ese dinero para producir un auto aún más asequible. Mientras se hace lo anterior, también proporcionar opciones de generación de energía eléctrica con cero emisiones de carbono. Guardar el secreto”.

Aunque solo ha logrado cumplir con algunos de esos puntos —Tesla ahora tiene problemas para cubrir pedidos del Model 3, el auto “aún más asequible” del plan— publicarlo fue parte de una táctica pícara para generar publicidad para lo que parecía una idea extravagante. Esa estrategia funcionó; desde entonces, Musk ha aprovechado su fama creciente como si fuera una moneda de cambio.

Cada varios meses hace nuevas promesas acerca de tal o cual cosa asombrosa que pronto revelará. Cada vez cosecha más atención y financiamiento y, finalmente, produce autos reales que se venden a personas reales. De esta manera, la personalidad de Musk se ha convertido en un elemento clave no solo de las marcas de sus empresas, sino de sus modelos de negocio.

Sin embargo, se trata de una apuesta engañosa y de gran riesgo. Para empezar, Musk tiene que cumplir sus promesas. Más recientemente, otro problema ha afectado esta estrategia: el futuro se ha estado volviendo menos maravilloso, así que es difícil aceptar las afirmaciones de los líderes de la tecnología acerca de que sus nuevos proyectos en efecto serán tan grandiosos para el mundo como ellos dicen.

En la época de Jobs, la tecnología era relativamente poco complicada; cuando el gran hombre salía anunciando un nuevo reproductor de música, no tenías que preguntarte si el dispositivo ayudaría a que un gobierno extranjero se robara una elección. Ahora, después de todo lo que hemos visto recientemente, sí hay que preocuparse de lo que pueda deparar el destino. Incluso Musk está preocupado.

“Intenté convencer a la gente de desacelerar la inteligencia artificial”, le dijo a Rogan. “Fue inútil. Lo intenté durante muchos años. Nadie me escuchó. Nadie lo hizo”.

De ahí la tensión: por un lado, Musk quiere que creamos que todo lo que está produciendo será maravilloso. Por el otro, nos está diciendo que debemos estar muy asustados. Eso suena a una contradicción, pero esa admisión de dudas y complejidad de hecho es un panorama bastante claro del futuro.

No es de sorprender que suene demente ni que todos los demás prefieran ser aburridos.



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